En pleno imperio romano (año 40 de nuestra era) surge esta religión monoteísta (creencia en un solo Dios) que deriva del judaísmo y que se impone sobre el paganismo (creencia en varios dioses) de los romanos, y fue declarada religión oficial por Teodosio I el Grande a fines del siglo IV. El foco inicial de la nueva doctrina se inició en Palestina, territorio directamente sometido a gobiernos romanos desde la época de Pompeyo. Con partidarios surgidos de entre los esclavos y los pobres, el cristianismo comenzó a expandirse entre todos los sectores sociales que no lograban satisfacer sus inquietudes espirituales y veían en la nueva fe mayores esperanzas.
Las primeras comunidades cristianas reflejaron el origen humilde de sus integrantes -prácticamente carecían de jerarquías y se reunían en fraternidades ampliamente solidarias- y fueron perseguidos a partir de Nerón, considerándoselos subversivos.