En la Edad Media, siglos XIV y XV, los cabalistas judíos afirmaban que vivían bajo tierra pequeños personajes fantásticos, al igual que los enanos.
Aunque ya existían en la tradición oral de celtas, vikingos y germanos, el Talmud, libro sagrado de los judíos, les atribuye la tarea de custodiar tesoros.
Se cuenta por ejemplo, que un gnomo con forma de gusano prestó servicios al rey Salomón extrayendo rocas de las canteras para la construcción del Templo de Jerusalén.
Su aspecto era como seres intermedios entre el hombre y los espíritus que vivían en una tierra intermedia, con árboles, plantas y rocas. Asumían la características del lugar donde vivían y todos tenían rasgos en común: ancianos de cuerpos pequeños, grotescos, delgados y con mandíbula prominente.