La lluvia acida, descrita por vez primera en 1872 por un químico inglés, sigue siendo uno de los problemas más difíciles de resolver del mundo industrializado actual.
Lo que a la humanidad le ha costado siglos construir y a la naturaleza milenios de evolución, se está degradando y destruyendo en cuestión de pocos años.
La deposición acida tiene como principal causa las emisiones de azufre y nitrógeno que se producen al quemarse combustibles fósiles como el carbón y el petróleo en las centrales energéticas, las calderas industriales y los motores de automóvil.
Cuando estos contaminantes se combinan con vapor de agua, luz solar y oxígeno en la atmósfera, crean una «sopa» diluida de ácidos sulfúrico y nítrico.
En algunas regiones fuertemente industrializadas, los gases de cloruro de hidrógeno liberados a la atmósfera producen ácido clorhídrico, que también puede ser un componente de la lluvia acida.
Se ha estimado que en el nordeste de los Estados Unidos, el 65 % de la lluvia acida se compone de ácido sulfúrico, un 30% de ácido nítrico y un 5 % de ácido clorhídrico.
Cuando esta mezcla es arrastrada por las lluvias, por los copos de nieve o en forma de partículas secas, aumenta la acidez de los lagos y arroyos de íagua dulce (y en algunos casos del suelo), reduciendo así el valor de su pH.
La escala pH mide la acidez y la alcalinidad. Una solución con un pH 7 es neutra, cualquier valor superior es alcalino y los valores inferiores son ácidos.
Es una escala logarítmica, por lo que cada entero es equivalente a un factor de 10. Así un pH 6 es diez veces más ácido que un pH neutro, y un pH 5 cien veces más.