 El gesto que sin querer realizamos y que demuestra que estamos mintiendo de forma descarada consiste en tocarnos la nariz. Cuando estamos haciendo una afirmación en la que no creemos, se pone en marcha un resorte que suele provocar picor también en la nariz. El método más clásico consiste en tocarla ligeramente con la punta de los dedos o incluso rozarla al pasar en sentido ascendente uno o varios dedos. Dicen los expertos que quien miente más que habla suele pasar el día "jugueteando con su nariz". Otro gesto que suele asociarse con los que no dicen toda la verdad cuando aseguran un argumento consiste en hablar con las manos bien guardadas en los bolsillos. La persona que no es clara ni en sus conclusiones ni en aquellos argumentos que plantea suele preferir ocultar sus manos.
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